|
LA PRIMERA HUELGA
En octubre de 1888, los trabajadores italianos alojados en
la zona del Reventazón promovieron una huelga tan masiva
como lo había sido su inmigración.
Los italianos ya habían dado signos de disconformidad en
mayo y en junio de ese año; a mediados de este último mes,
poco después de llegar el segundo grupo de trabajadores, se
verificaron escenas de pánico y abandono de los campamentos
puesto que los enfermos de "calenturas" habían alcanzado el
cincuenta por ciento. Eran "...calenturas de que es difícil
escapar en lugares poco altos y donde se está removiendo la
tierra bajo una temperatura ardiente...". Esas primeras
quejas de los trabajadores italianos llegaron a ser
conocidas por los medios diplomáticos italianos, puesto que
el gobierno de Costa Rica se apresuró a informar al
Encargado de Negocios de Italia en Guatemala que se había
nombrado un comisionado (J. B. Calvo) para investigar las
condiciones en que vivían los trabajadores italianos en los
campamentos. El informe resultante, con fecha 15 de agosto
de 1888, proporcionaba un buen marco de referencia. Para
empezar, la distribución de un total de 1310 trabajadores
italianos en la zona de Reventazón se encontraba repartida
en nueve campamentos: El Yas, La Cidra, Santiago, Quebrada
Honda, Jerusalén, Buena Ventura, La Gloria, La Constancia y
Las Animas. Estas localidades distaban de Cartago entre 9 y
30 millas inglesas (1 milla inglesa era equivalente a 1600
metros), de lo que se infiere que las distancias entre los
campamentos eran bastante reducidas. A ese número de 1310
italianos empleados por la empresa ferrocarrilera, había que
agregar "pequeñas partidas de albañiles ocupados en las
obras de mampostería en diferentes lugares de la
vía".Resulta así completa la ubicación de la totalidad de
los inmigrados.
El informe de la inspección oficial de agosto de 1888
señalaba que los italianos presentaban orden, disciplina y
buen ánimo; su aspecto era más robusto y fuerte respecto a
los demás trabajadores; también sus condiciones de trabajo
Ven salario y alimentaciónV eran superiores a aquellas de
los operarios costarricenses.
Y bien, a pesar de tanto optimismo, el descontento de los
trabajadores italianos estalló el 20 de octubre de 1888:
todos abandonaron los campamentos del Reventazón y huyeron
hacia Cartago. Dos días después, el apoderado de Mr. Keith,
C.F. Willis, solicitó formalmente al Agente de Policía de
esa ciudad el arresto de los huelguistas, en caso que no
regresaran al trabajo. Ese mismo 22 de octubre, la Agencia
de Policía de Cartago inició una sumaria sobre el caso. Por
su parte, los italianos nombraron inmediatamente a un
apoderado (don Víctor Robbio, residente en Cartago desde
hace años) y expusieron ante la misma Agencia sus quejas:
los campamentos eran casi todos malsanos, carecían de
asistencia médica y de medicinas como estaba estipulado en
el contrato y hace más de un mes que no recibían salario.
Los firmantes de la denuncia eran numerosos.
Las reclamaciones de los italianos eran ciertas y fácilmente
justificadas. En primer lugar, hasta el mismo empresario
tenía conciencia de lo malsano de la región donde había
enviado a los inmigrados, puesto que había afirmado que "El
clima del Reventazón, con pocas excepciones, no puede ser
resistido si no es por negros de Antillas". Además, que los
huelguistas habían carecido de asistencia médica era
realidad, puesto que en su informe oficial J.B. Calvo
relataba que: "Había tres médicos durante los meses últimos;
pero en la semana anterior dos...han tenido que ausentarse
por motivo de salud". Así que la asistencia sanitaria de
tantos trabajadores, en una zona tan insalubre, había
quedado a cargo de un solo galeno. En fin, era verdad
también lo de la falta de retribución salarial, de parte de
la Empresa se confirmó que desde el mes de agosto no se
pagaban sueldos. La actitud de Mr. Keith fue tajante: "No
pagaré ni daré comida á los italianos hasta que ellos
regresen á sus respectivos campamentos y demuestren á los
Jefes de ellos estar conformes y trabajando". [sic] Pero la
respuesta italiana se mantuvo firme y compacta, amparada al
contrato que el segundo grupo de emigrantes había firmado en
Italia con un representante del Empresario. Ese contrato,
con fecha del 23 de marzo de 1888, contemplaba con
pormenores derechos y deberes de los trabajadores,
incluyendo la asistencia médica al trabajador y su
repatriación a costa de la Empresa en caso de enfermedad
crónica o bien que su salud se viera afectada por el clima.
Custodiados en el edificio del Mercado de Cartago, los
italianos en huelga demostraban orden y respeto, así lo
relataba la prensa. En una hoja que hicieron circular entre
la población, los huelguistas plasmaron clara y dignamente
sus quejas. Decían entre otras razones:
"24 octubre 1888. No era nuestra intención hacer conocer al
público nuestros negocios, más como el Señor M. C. Keith ha
principiado, estamos prontos a mostrar...la verdad de los
hechos que nos han obligado á abandonar los campos de
nuestro trabajo...La primera causa fue que los trabajos se
efectuaron en lugares peligrosos para nuestras existencias.
Nos tocó pues, la triste suerte, de vernos casi todos
atacados por la peste y tener que huir. Pero UD., señor
Empresario, no escucha ni ha escuchado más que las mentiras
de sus médicos y administradores, (Los italianos) han
seguido muriendo en todos los campamentos y hospitales; ayer
mismo se sepultaba uno en Juan Viñas y otro en
Santiago...Pagadnos, señor Keith, y después enviadnos á
nuestra patria como lo debéis. UNO POR TODOS".
Acerca de los enfermos, la estadística sanitaria del Dr.
James Austin corroboraba que, para el mes de setiembre de
1888, el porcentaje promedio sobre el total de los
trabajadores superaba el 28%; en el caso del campamento de
"Las Animas" (el más alejado), el mismo se elevaba al 78%,
indicando claramente las pésimas condiciones de salubridad
existentes.
Además, una certificación oficial con fecha 25 de octubre
corroboraba que, entre el 10 de junio y el 13 de octubre de
1888, habían fallecido 32 italianos (25 en campamento y 7 en
hospital, lo que denota la pésima asistencia médica). La
causa de muerte, en más de la mitad de ellos, se debía a
"fiebre", posiblemente paludismo. Como segunda causa se
mencionaba la disentería, probablemente debida a
descomposición de alimentos. En fin, el porcentaje de
mortalidad sobre el número total de trabajadores resultaba
ser del 2.24%, índice demasiado elevado para un período de
cuatro meses en una población joven adulta, a pesar que un
informe oficial levantado por una comisión de médicos, con
fecha 24 de octubre, señalaba que la tasa de mortalidad era
"relativamente pequeña" y que "la enfermedad mayor que los
aflige (a los italianos) es el mal de patria". Otras
fuentes, de índole periodística, han señalado que la
cantidad de fallecidos había sido el doble, sumando 64
italianos, lo que demuestra que la situación era mucho más
grave.
Queremos ofrecer aquí un especial homenaje a esos italianos
que dejaron su vida en la construcción del ferrocarril de
Costa Rica y un profundo luto en sus familias en la tierra
de origen. Desde la certificación mencionada al 25 de
octubre, ellos se llamaron en vida: Alberto Gerardo, Amadei
Francesco, Barbi Giacomo, Baroni Luciano, Basoli Umberto,
Belini Massimiliano, Benati Luigi, Berogni Paolo, Bertoni
Pietro, Biocardo Luigi, Borgi Antonio, Costa Pietro, Ellori
Bai, Fione Pasquale, Gabete Alfonso, Grigoli Luigi, Macari
Giovanni, Mantovani Angelo, Masoni Enrico, Melagni Oliviero,
Meloni Oliviero, Piva Gaetano, Pritti Secondo, Ranci
Agostino, Riengo Nicola, Suilli Martino, Spinardi Augusto,
Tadei Luigi, Trazzi Massimiliano, Verone Paolo, Vilpini
Giuseppe, Zanca Luigi. A ellos, y a los demás, la
colectividad italiana erigió, en marzo de 1955, un monumento
con columna truncada que se encuentra en la estación de
Turrialba, a un costado de la línea ferrocarrilera. En la
placa está impresa la siguiente dedicatoria:
A LA MEMORIA DE LOS TRABAJADORES
ITALIANOS
PIONEROS INTREPIDOS QUIENES SACRIFICANDO
SU VIDA EN LA LUCHA TENAZ CONTRA
LA NATURALEZA Y EL CLIMA CONTRIBUYERON
AL PROGRESO DE COSTA RICA
Hay evidencia que un buen número de italianos recibió
asistencia en el Hospital de Cartago luego de la huida de
los campamentos. Por su parte, la Agencia Principal de
Policía de esa misma ciudad se declaró, el 31 de octubre,
incompetente para emitir un fallo. La situación quedaba así
en un punto muerto.
Pocos días después, una resolución del Gobierno dispuso que
los italianos volvieran a sus trabajos y que el empresario
les pagara lo adeudado. El Vice-Cónsul de Italia en Costa
Rica, doctor Julio Corvetti (quien había llegado junto con
el segundo grupo de inmigrantes), se empeñó en convencer a
sus compatriotas que aceptaran tales condiciones, pero los
italianos siguieron su actitud firme en exigir la
repatriación. Esperando una solución al conflicto, varios de
ellos se colocaron en haciendas y casas particulares.
Por parte del Gobierno de Costa Rica, hubo real interés en
emplear a los huelguistas en trabajos públicos o empresas
particulares, y aquí vale subrayar su participación activa
en los sucesos. No podía ser diferente, puesto que una
huelga de cerca de 1400 trabajadores extranjeros, aunque
dirigida contra su Empresario, representaba no solamente un
fenómeno social nunca visto, sino un verdadero problema
nacional. Además, los italianos encontraron un apoyo
incondicional también en la población costarricense, que los
ayudó materialmente, alimentándolos y hospedándolos.
El 15 de noviembre, ya casi todos trasladados de Cartago a
San José, los italianos fueron reunidos en el Parque Morazán
por el Gobernador de la Provincia. Se les advirtió que por
ley era prohibido vagar por las calles, que había buena
ocupación en muchas haciendas en la cogida del café y se les
indicó como buen abogado defensor al licenciado Félix
Montero. Los italianos contestaron que la palabra de uno era
de todos, tan solo exigían que Mr. Keith les pagara y los
devolviera a su patria. En la reunión hubo cierto tumulto,
sin mayor consecuencia que un herido; éste era un italiano
que ese día estaba podando un viñedo en la casa del doctor
Durán y al escuchar los gritos había salido a ver lo
ocurrido, pero un policía lo había maltratado. Ese mismo 15
de noviembre, en la Agencia Principal de Policía de San José
se levantó una acusación por vagancia contra varios
Caporales o Jefes de Escuadra. Aunque unos cuantos ya
estaban colocados, la mayoría de los huelguistas no renunció
a sus propósitos iniciales y buscaba soluciones. En una
solicitud al Ministro del Interior, con fecha 17 de
noviembre de 1888, más de 1200 italianos pedían justicia al
Gobierno y denunciaban el abandono en que los había dejado
su Cónsul. Insistían en ser repatriados a costa del gobierno
de Costa Rica, siendo luego reintegrados los gastos por el
gobierno de Italia o bien por el Consolato Operaio Italiano;
se quedarían en el país varios de ellos, formando una
comisión para garantizar la devolución de la suma anticipada
y también para seguir los intereses de los trabajadores
contra el Empresario. Firmaban el documento los siguientes
Caporales: Benoni Cesare, Bianchini Gerardo, Leraccioli
Luigi, Pedrazzoli Giovanni, Rampani Umberto, Risi Leopoldo,
Sabbioni Giusto, Ventura Francesco, Vivi Anselmo, Zerbinati
Carlo.
No se hizo esperar mucho una resolución definida por parte
del gobierno de Costa Rica. Con fecha 20 de noviembre de
1888, un Decreto Ejecutivo disponía la traída de las
familias de los trabajadores italianos, con tal que éstos se
quedaran en el país. ¡Claro ejemplo de la ideología liberal
imperante para esa época en América Latina, que consideraba
tan conveniente la inmigración europea!
Para principios de diciembre, se reportaba que la huelga
estaba declinando. De los huelguistas, unos habían vuelto a
los campamentos, muchos habían encontrado otra ocupación, y
también había varias solicitudes de ellos acogiéndose al
Decreto gubernamental. Era inminente una resolución final.
Ya antes de la declaración de huelga, la opinión pública
italiana estaba enterada de la precaria situación de sus
hijos en Costa Rica, porque parientes de los trabajadores,
al recibir noticias alarmantes, habían alertado a las
autoridades. El asunto de la huelga había trascendido en
Italia hasta los niveles más altos de la esfera política. El
14 de marzo de 1889, en el Parlamento italiano se decidió
enviar a Costa Rica un vapor para embarcar a los italianos
que desearan volver a su patria. ¡Demasiado tarde! Tres días
antes ya habían salido, rumbo al puerto de Limón, más de
ochocientos italianos decididos a ser repatriados.
Efectivamente, el 16 de marzo, a las 10 a.m., fondeó en
Limón el vapor francés Ferdinand de Lesseps, que a las 7
p.m. del mismo día zarpaba con 848 trabajadores italianos a
bordo. Se comentó que habían vuelto a su patria con los
recursos de su trabajo y donativos de personas
filantrópicas. El agradecimiento de los italianos a la
generosidad de los costarricenses quedó plasmado en una
publicación del diario La República; decían textualmente:
"...Volveremos á nuestro país, mas el dulce recuerdo de los
generosos ciudadanos de Cartago y de San José quedará en
nuestro corazón por toda la vida, pues no podremos nunca
olvidar que si vamos hoy á abrazar á nuestros pobres hijos
lo debemos á amor de fraternidad con que nos han acogido
cuando necesitábamos de todo. Por esto nuestro grito será
siempre "¡Vivan los costarricenses!". Los italianos".
En efecto, la experiencia en tierra costarricense tenía que
perdurar en los repatriados a lo largo de toda su vida: un
testimonio de ello fue la obra del campesino y poeta MASSIMO
FIORAVANTI BOSI. Don Massimo había nacido en Calto
(provincia de Rovigo) en 1863. Hijo de campesinos pobres,
logró estudiar hasta tercer grado y luego tuvo que dedicarse
al cultivo de la campiña para ayudar a sus padres. Seducido
por el espejismo de una mejor suerte, junto con muchos otros
compatriotas llegó a Costa Rica en diciembre de 1887 y se
quedó hasta marzo de 1889, sufriendo las vicisitudes del
emigrante abandonado a su suerte. Luego de una experiencia
negativa en Roma como albañil, optó por regresar a Calto,
donde transcurrió el resto de su vida trabajando la tierra.
En su amplia obra poética, acerca de su experiencia en Costa
Rica, dedicó un soneto y un poema. De este último, titulado
Ricordi di Costa Rica.
LOS QUE SE QUEDARONK
Muchos de los inmigrantes italianos para el
ferrocarril habían decidido quedarse a vivir en Costa Rica.
Ahora, restando al número total de los trabajadores
(llegados en los dos grupos) los repatriados y los
fallecidos, se deduce que los italianos que optaron por
quedarse en Costa Rica fueron 521. Los Censos de Población
de 1883 y 1892 confirman este dato: si en 1883 se habían
registrado 63 italianos, en 1892 su número había aumentado a
622. De ellos, el 74% se concentraba en los cuatro distritos
principales de la ciudad de San José y los demás se
encontraban dispersos en otros Cantones de la provincia de
San José o bien en las demás Provincias. En definitiva,
reduciendo a porcentajes las vicisitudes del grupo masivo de
trabajadores italianos que llegaron a Costa Rica en los años
de 1887 y 1888, se evidencia el siguiente balance: el 4.5%
falleció, el 59.5% fue repatriado y el 36% prefirió
radicarse en el país. Este último grupo dio el impulso
decisivo para que se formara en Costa Rica una verdadera
comunidad italiana numéricamente consistente, alcanzando
casi el 10% de la población extranjera y llegando a ocupar
el segundo lugar en colonia de extranjeros, después de los
españoles.
OTRAS NACIONALIDADES
Desde los primeros años de la construcción del ferrocarril
la necesidad de mano de obra fue mucha y era necesario
traerla de países con más experiencia en esta área
(arquitectura, construcción de puentes y edificios,
ingeniería, nivelación de tierra, entre otros), por lo cual
se fija la mirada inicialmente en trabajadores de tierras
Europeas y norteamericanas.
Llegan alemanes y estadounidenses a trabajar como maestros,
mecánicos, ingenieros y arquitectos. Además de albañiles
italianos, españoles, austriacos y suizos, suecos y
finlandeses.
|